Alternancia número uno
(Cecilia)
Miro a mi alrededor y a quién busco?
Siempre a ella,
la busco enamorado desde hace quinientos millones de años...
Ìtalo Calvino, Las cosmicómicas, la espiral, II
Conocí a Cecilia un viernes trece de marzo en el que cualquiera podría haber temido o pensado en mala suerte. Y al conocerla, sentí por primera vez que la encontraba.
Ella en su forma actual, tenÌa rasgos mediterráneos, y con ello quiero decir que tenÌa los ojos oscuros y brillosos, de rostro ovalado y delicado, labios finos como el cuerpo. En fin, recordaba que la primera vez que la habÌa visto era en la calle caminando, o en una fiesta, o bajo los árboles, desde una rama.
DescubrÌ que no serÌa la primera vez que la verÌa y que no sabrÌa si la reconocerÌa, o que al reconocerla y ella al reconocerme yo ya no fuera de su interÈs, o todas las anteriores.
Me dispuse a buscarla en mi memoria, ya que aún sabiendo como era ella o la forma de sus formas, y en su forma misma, no la podÌa unificar como un todo. Es algo que hasta la fecha me cuesta como no tienen idea (El constructo puede parecer imposible para el lector, pero sólo debe limitarse a imaginar que lo comprende. Ven?)
Aún recuerdo la primera vez en que comencé a tener la impresión de que la olvidaba. Una vez, cuando trabajaba en un retrato en el que pintarÌa a una muchacha que habrÌa de casarse con alguien importante. Recuerdo que le propuse a la pareja algunos sÌmbolos dentro de la composición, se aceptaron los bocetos en seguida, y durante tres meses ella pasaba a verme en las tardes al taller para mantenerse quieta.
Callada al principio, y como un platillo recién horneado que desborda belleza basada en lo sencillo, los pretextos para achatar pinceles, para reconocer lÌnea a lÌnea, veladura a proporción que falla y se descubre que ahí "dentro" hay alguien que conoces. Es curioso cuando encontramos por ahÌ a una persona que no habÌamos visto desde hace mucho, y saber si la vida lo ha tratado bien o no, si se conserva, como un cuadro, por decirlo asÌ.
Cecilia, en el acto más noble al mantenerse inmóvil, cantaba. Lo hacÌa con una destreza inmejorable, tanto, que traté de representarlo en el retrato lo más fielmente que pude y sin llegar a afectar el estilo. Porque era un retrato. Se puede apreciar un ligero arqueo en las comisuras además de que la mano con la que sostiene al armiño tiene un escorzo diferente. A veces en vez de armiño habÌa un trapo o cuando tenÌa el mejor humor, cosa que sucedÌa a menudo, partituras, y entonces su voz llenaba el espacio vacÌo, en el taller, en el eco, en todos lados, pero siempre en el tiempo, disminuyendo.
Un dÌa, al estar concentrado en alguna parte de su tocado, me distraje de alguna manera, no sé como, después el duque me hizo algunas insinuaciones acerca de la manga, y la posición del armiño y ya saben que los ricos no se conforman, pero ello significaba que estarÌa un mes más con ella.
En ese mes en el que pasaron muchas cosas, mes en el que nos conocimos y en el que ella hubo de implantar otra vez, en mÌ, un amor que me durarÌa hasta ahora en que lo pienso, que me entristece tanto como el último dÌa; cuando terminé el cuadro y ella dijo:
-Tal vez no regrese nunca al taller, a cantar, ya sabes... ? la interrumpÌ con la mano y dije:
-No importa, siempre y cuando mires ese retrato, y cada vez que lo mires, cantes -
Poco tiempo después supe que era duquesa.
Cecilia en el retrato, en el óleo que se quedó detrás de tantas veladuras, detrás de la trementina, la pose de un retrato y como quinientos veinte años para alcanzarla.
Cecilia en la representación que se diluye con el tiempo y que de ella queda; en la portada de los miles de libros, de las miles de reproducciones baratas impresas sobre las camisetas que se venden afuera de los museos y en el que la identidad que parece perderse y repartirse para no perderse porque siegue siendo la uniÛn de todas esas Cecilias lo que hace que la esencia de la mujer que sostenÌa un armiño, y que era una de esas reproducciones hermosamente baratas, se hubiera disparado en la interminable búsqueda de un niño; como unos ojos plácidos que parecÌan a punto de cerrarse, casi parpadeando, como cuando ella despierta y yo enamorado soy el que cierra los ojos y los abre para saber si ella sigue aquÌ, o yo soy el que se mece con su mano, como un cachorro dócil, como una mascota cuando observo esa mano delicada que parece deslizarse, como de elfa de las nieves y que con su canto me hace dormir o me despierta.
Nunca he sabido el modo de explicarme como es que siempre que pienso en cualquiera de éstas dos Cecilias sé que existe una estrecha relación entre ellas: porque una es la original, la de carne y hueso, y otra es la representaciÛn de la madonna que solamente espera y que es hermosa porque se encuentra en una jarra y como mariposa, contenida.
Y no hablo en metáforas: Cecilia cuando camina para salir a dar un paseo, cuando se sale de cuadro y deja a un lado el escudo de armas y de pertenencia y a Ludovico, la mascota, que se pierde por ahí entre los arbustos. Entonces soy más feliz que antes porque entiendo la sensualidad de la inocencia que para mÌ representa, ahora, en el que la veo salir del baño, cuando sale con su bata rosa, vaporosa, con un turbante enrollado en la cabeza, y yo me hago el dormido y abro y cierro los ojos, los hago chiquitos para que no me vea que la veo, para que no sienta que la espÌo cuando se quita la bata y se viste, cuando no me avisa que se larga.
Y poseerla como se posee un poster fielmente reproducido en papel mate de 20 x 24 pulgadas y con un peso de 800 gramos, sin contar el marco, que esconde la mirada, intención y caricia, detrás del vidrio antirreflejante y las horas en que ella trabaja como curadora del museo.
Y en los ejercicios de reproducción, como en un tocacintas, por ejemplo, lo que mueve a esa energía para que la música sea visible, o en el caso que hace que ella exista, dentro del mismo esquema planteado anteriormente, y que por lo pronto, en ese ejercicio de creación, ella es totalmente diferente a como yo la representaba antes.
La reconocÌ de inmediato, ella habÌa cambiado lo bastante como para mantenerme a la distancia, en la estupefacción, otra vez de otra forma y modo, en la portada de un libro, o un disco, detrás de la rubia, pelirroja, en la estación, en los ojos claros; siempre hay alguien que se le parece. Parece que a veces lo olvido, y a veces surge ella completa, - muy rara vez- detrás de lo que sueño.

1 comentario:
Pues la vida es muy parecida... yo también estuve ahí, yo también la pinté, pinté sobre su cuerpo, pinté con mi cuerpo y... se fue.
Ya regresó, con otra cara, con un lienzo blanco listo para empezar a pintar...
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